martes, 6 de julio de 2010

DOSCIENTAS VECES GRACIAS, DOSCIENTAS VECES EJEMPLO



Sería absolutamente inútil tratar de explicar lo que significa para todos los que amamos el fútbol un gol… Se ha tratado en vano desde lo técnico, desde lo filosófico, apelando al sentido común, a los sentimientos y a las más inverosímiles metáforas encontrar palabras que puedan definir lo que un hincha siente cuando un jugador de su equipo convierte un gol.
Es el clímax mismo del más maravilloso de los deportes, del más pasional de los juegos; es sin dudas el punto cumbre de la pasión que corre por las venas a lo largo de siete días de abstinencia, busca salidas por el laberinto del cuerpo, repercute en el corazón ante una alegría inmensa, golpetea el estómago frente a cada frustración y encuentra como única salida posible a la garganta, la hace estallar, enrojecer con furia y exhalar desde lo más profundo del ser la expresión más auténtica, natural y sincera de alegría.
El grito de un gol no se puede fingir, no admite falsos sentimientos. Se le puede macanear a la novia, a un amigo, y hasta a la vieja si se quiere, pero uno no puede fingir el placer que, expresado en ese grito incontenible, despierta un gol de tu equipo.
Ahí se van con ese estruendo casi doloroso de las cuerdas vocales todas nuestras penas, los sinsabores del trabajo, de una semana complicada, de un desengaño y de todos los males que puedan aquejarnos…, ahí parten hacia el cielo nuestras penurias, que al chocar con el aire, inmediatamente se transforman en genuina, contagiosa, espectacular alegría.
Apreciada en estos términos la conquista de un tanto de la casaca de nuestros amores, no queda menos que tildar de “privilegiada” a aquella persona que con su acción nos hace felices de semejante manera, quizás como nunca, por una razón u otra, pudimos serlo a lo largo de siete días.
De la misma manera, no puede dejar de existir, bajo ningún punto de vista, la muestra de agradecimiento y gratitud hacia quien, con su oficio, un don natural, la suerte, el viento a favor o lo que sea; pero también con sacrificio, perseverancia, humildad, dedicación, esmero, sudor y amor a la camiseta, se sobrepone a los propios obstáculos personales y el domingo aparece mágicamente, como escapado de una fábula para trazar un magnífico dibujo, hacer una pirueta o simplemente aparecer en el lugar justo y en el momento indicado, ni más ni menos que para “mandarla a guardar”.
Ese jugador es digno de nuestros mayores reconocimientos, de nuestro agradecimiento eterno y dueño de un lugar privilegiado en una suerte de vitrina imaginaria de la colección de ídolos que han sabido cosechar con los años los tan amados colores.
Pero además, cuando detrás de la camiseta hay un hombre íntegro, bueno, tan bueno como el gol mismo para nuestros corazones futboleros, el regocijo, el disfrute es doblemente satisfactorio. Por él, que lo merece y por todos quienes lo disfrutamos.
Genio, genio y figura. Rey absoluto de las áreas. Príncipe –como el apodo de uno de sus mayores ídolos- del compañerismo, de la buena onda, del humor respetuoso, ocurrente. Dueño de la capacidad de romper el más frío de los hielos con una salida repentina o la más curiosa de las anécdotas, sabedor de cuándo tiene que salir y cuando entrar en una jugada, pero fundamentalmente en un grupo, en un equipo. Capaz de reconocer que no tiene que estar cuando no siente fuerzas para aportar su gran cuota de optimismo –como todos los que amamos esta camiseta sabemos que sucedió-; absolutamente paciente y confiado en su capacidad para saber que a veces puede venir otro lleno de pergaminos incomprobables, “pero cuando las papas quemen, el que los va a salvar va a ser el viejito”.
Apreciado por los de sus pagos y sus propios colores, amado incondicionalmente por quines domingo tras domingo comulgamos en “El Coqueto” o donde sea, sabiendo que un flaco con el número 9 nos va a hacer cerrar la victoria en un partido, que nos va a hacer gritar un gol suyo, que se va encorvar para picar como si fuese un pibe, que si es necesario va a correr 30 metros para recuperar una pelota con un resultado absolutamente definido en contra (como sucedió una vez en el Argentino y jamás borraremos de nuestras retinas), que va a entregar hasta la última gota de sudor por el equipo que adoptó por elección y convicción.
Para muchos seguramente todo resultará exagerado. No lo es, y más aún si multiplicamos todo lo expresado por doscientos, sin que este número redondo sea un capricho, sino la más feliz de las realidades.
Doscientos goles selló en absoluto silencio y humildad, como es su estilo, el querido Néstor “Mencho” Belloso, con el segundo tanto convertido ante San Martín el sábado 26 de junio. Los hizo gritando con el corazón cada uno de ellos, pero sin abrir la boca a la hora de llegar a la marca.
Lo supimos luego de una simple charla con un compañero, quien sabía que esto, por el logro deportivo, pero fundamentalmente por las virtudes humanas de su mentor, no podía quedar en el anonimato.
Eternamente gracias “Mencho” por hacernos gritar tanto, por hacernos disfrutar tanto, por hacernos tan felices cada domingo con tus goles, por ser un ejemplo para todos, dentro y fuera de la cancha… y claro, por ser del Tigre.
Dios quiera que siempre estés ligado al Club y puedas recibir tanto cariño como el que nos regalás, sintiendo que cada abrazo con tus compañeros después del gol es también un abrazo de esta gran familia de Once Tigres. Por 200 más, felicidades!!!!

Inconsultamente en nombre de todos, pero con la convicción de que pensamos y sentimos lo mismo…
Pablo Martorell.